Хорхе Луїс Борхес. Вавилонська бібліотека

Хорхе Луїс Борхес

Вавилонська бібліотека

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Jorge Luis Borges

La biblioteca de Babel (1941)

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El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un numero indefinido, y tal vez infinito, de galenas hexagonales, con vastos pozos de ventilacion en el medio, cercados por barandas bajisimas. Desde cualquier hexagono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribution de las galenas es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguan, que desemboca en otra galena, identica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguan hay dos gabinetes minusculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahi pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguan hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ^a que esa duplication ilusoria?); yo prefiero sonar que las superficies brunidas figuran y prometen el infinito… La luz procede de unas frutas esfericas que llevan el nombre de lamparas. Hay dos en cada hexagono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.

Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catalogo de catalogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexagono en que naci. Muerto, no faltaran manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura sera el aire insondable; mi cuerpo se hundira largamente y se corrompera y disolvera en el viento engendrado por la caida, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuition del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los misticos pretenden que el extasis les revela una camara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro ciclico es Dios.) Basteme, por ahora, repetir el dictamen clasico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexagono, cuya circunferencia es inaccesible.

A cada uno de los muros de cada hexagono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez paginas; cada pagina, de cuarenta renglones; cada renglon, de unas ochenta letras de color negro. Tambien hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que diran las paginas. Se que esa inconexion, alguna vez, parecio misteriosa. Antes de resumir la solution (cuyo descubrimiento, a pesar de sus tragicas proyecciones, es quiza el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.

El primero: La Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malevolos; el universo, con su elegante dotation de anaqueles, de tomos enigmaticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, solo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos simbolos tremulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras organicas del interior: puntuales, delicadas, negrisimas, inimitablemente simetricas.

El segundo: El numero de simbolos ortograficos es veinticinco. Esa comprobacion permitio, hace trescientos anos, formular una teoria general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura habia descifrado: la naturaleza informe y caotica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexagono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglon primero hasta el ultimo. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la pagina penultima dice «Oh tiempo tus piramides». Ya se sabe: por una linea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonias, de farragos verbales y de incoherencias. (Yo se de una region cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los suenos o en las lineas caoticas de la mano… Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco simbolos naturales, pero sostienen que esa aplicacion es casual y que los libros nada significan en si. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)

Durante mucho tiempo se creyo que esos libros impenetrables correspondian a lenguas preteritas o remotas. Es verdad que los hombres mas antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos mas arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez paginas de inalterables MCV no pueden corresponder a ningun idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podia influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera linea de la pagina 71 no era el que puede tener la misma serie en otra position de otra pagina, pero esa vaga tesis no prospero. Otros pensaron en criptografias; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.

Hace quinientos anos, el jefe de un hexagono superior dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenia casi dos hojas de lineas homogeneas. Mostro su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugues; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guarani, con inflexiones de arabe clasico. Tambien se descifro el contenido: nociones de analisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetition ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observo que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidos letras del alfabeto. Tambien alego un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros identicos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos simbolos ortograficos (numero, aunque vastisimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografias de los arcangeles, el catalogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catalogos falsos, la demostracion de la falacia de esos catalogos, la demostracion de la falacia del catalogo verdadero, el evangelio gnostico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relation veridica de tu muerte, la version de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribio) sobre la mitologia de los sajones, los libros perdidos de Tacito.

Cuando se proclamo que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresion fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron senores de un tesoro intacto y secreto. No habia problema personal o mundial cuya elocuente solution no existiera: en algun hexagono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpo las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se hablo mucho de las Vindicaciones: libros de apologia y de profecia, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexagono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano proposito de encontrar su Vindication. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferian oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros enganosos al fondo de los tuneles, morian despenados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron… Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna perfida variation de la suya, es computable en cero.

Tambien se espero entonces la aclaracion de los misterios basicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosimil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filosofos, la multiforme Biblioteca habra producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramaticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexagonos… Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeno de su funcion: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldanos que casi los mato; hablan de galenas y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro mas cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.

A la desaforada esperanza, sucedio, como es natural, una depresion excesiva. La certidumbre de que algun anaquel en algun hexagono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, parecio casi intolerable. Una secta blasfema sugirio que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y simbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canonicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar ordenes severas. La secta desaparecio, pero en mi ninez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y debilmente remedaban el divino desorden.

Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inutiles. Invadian los hexagonos, exhibian credenciales no siempre falsas, hojeaban con fasti dio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higienico, ascetico, se debe la insensata perdition de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los «tesoros» que su frenesi destruyo, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reduction de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es unico, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsimiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinion general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanâticos provocaron. Los urgia el delirio de conquistar los libros del Hexâgono Carmesi: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mâgicos.

También sabemos de otra supersticiôn de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algun anaquel de algun hexâgono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demâs: algun bibliotecario lo ha recorrido y es anâlogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aun vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los mâs diversos rumbos. ^Cômo localizar el venerado hexâgono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y asi hasta lo infinito… En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis anos. No me parece inverosimil que en algun anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre – juno solo, aunque sea, hace miles de anos! – lo haya examinado y leido. Si el honor y la sabiduria y la felicidad no son para mi, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.

Afirman los impios que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepciôn. Hablan (lo sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volumenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira». Esas palabras que no solo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco simbolos ortogrâficos, pero no un solo disparate absoluto. Inutil observar que el mejor volumen de los muchos hexâgonos que administro se titula «Trueno peinado», y otro «El calambre de yeso» y otro «Axaxaxas mlo». Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificaciôn criptogrâfica o alegôrica; esa justificaciôn es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una silaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologias. Esta epistola inutil y palabrera ya existe en uno de los treinta volumenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexâgonos, y también su refutaciôn. (Un numero n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el simbolo biblioteca admite la correcta definiciôn ubicuo y perdurable sistema de galenas hexagonales, pero biblioteca es pan o pirâmide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tu, que me lees, ^estâs seguro de entender mi lenguaje?).

La escritura metôdica me distrae de la presente condiciôn de los hombres. La certidumbre de que todo estâ escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jôvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las pâginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la poblaciôn. Creo haber mencionado los suicidios, cada ano mâs frecuentes. Quizâ me enganen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana – la unica – estâ por extinguirse y que la Biblioteca perdurara: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmovil, armada de volumenes preciosos, inutil, incorruptible, secreta.
Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retorica; digo que no es ilogico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexagonos pueden inconcebiblemente cesar, lo cual es absurdo. Quienes la imaginan sin limites, olvidan que los tiene el numero posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solution del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periodica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier direction, comprobaria al cabo de los siglos que los mismos volumenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, seria un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.

FIN

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